domingo, junio 19, 2005

Ser joven es delito

Un poco de catarsis.

Hace unos días tuve una reunión con gente del Centro Cultural del Mercado de los Artesanos, con motivo de plantearles la realización en su local de un taller de Amnistia Internacional en el marco de la campaña "No más violencia contra las mujeres". Todo salió barbaro, sumamente interesada la señora en el taller de "Amnesty" (así se refería ella a Amnistia, es que... en inglés tiene mas onda ¿viste?). Mi malestar, causado por una de las tantas demostraciones de como se subestima a los jóvenes en éste país de viejos, empezó después.

Cuando ya habiamos "finiquitado" los detalles para la realización del taller se me ocurrió comentarle sobre dos amigos de Indonesia que van a estar llegando a Uruguay próximamente. Le expliqué que éste matrimonio amigo está escribiendo la introducción del "Nunca más" de Indonesia y por eso vienen a sudamérica a contactar ONG's de DDHH, gente que haya trabajado el tema etc. La dictadura de Indonesia (1965-1998) fue de un corte similar a las de acá, por lo que la gente de allá podria aprender mucho de la experiencia de la gente de acá y viceversa. Además les interesa dar charlas informativas sobre la situación política de Indonesia, los 3 millones de muertos durante la dictadura y exhibir "Terlena, breaking of a nation" un documental de 90' que ellos dirigieron y produjeron (andre es egresado de la escuela de cine de la Universidad de Columbia en Nueva York). Han escrito varios libros y actualmente están escribiendo uno junto a Noam Chomsky sobre la intervención de EEUU en Indonesia. La respuesta de la señora del Centro Cultural fue, ¿pero Amnesty no está organizando? ¿quién está organizando?. Entonces le expliqué que el comité ejecutivo de Amnistia no habia demostrado ningún interés en el tema, por lo que "el tour indonesio" lo estaba organizando yo como Revista Z (www.zmag.org). Me contestó que ellos solo se manejan con instituciones (lease: pendejo ¿quien sos? andate a W!) , entonces tuve que comentarle: pero mirá que Martinez Carril quiere pasar "Terlena" en Cinemateca, y además hay gente como Raúl Olivera, Sara Mendez y Raúl Zibechi que están dispuestos a compartir paneles junto a ellos. Ahí le cambió un poco la cara (claro, gente mayor de 40 años y con notorio reconocimiento avalaban lo que el joven Don Nadie le decia). También le expliqué un poco de que se trataba Revista Z (proyecto de Z Comunicaciones) pero creo que no entendió nada. Pensé en decirle "pero mirá que nosotros el año pasado organizamos una teleconferencia interactiva con Noam Chomsky, en la sede de CLACSO", pero no pude decirle eso. No pude decirle eso porque me pega en el forro la gente que no cree en las cosas por lo que son en sí mismas, si no que las apoyan cuando hay algun personaje que las legitima. Ese miedo a comprometerse con algo por que no hay alguna bandera, alguna organización, o alguien famoso atrás, solo puede ser entendible viniendo de una persona mediocre. Esto no hacia más que agravar su subestimación hacia mi persona y hacia la actividad que le proponía. La verdad que me tiene podrido la gente "adulta" y mediocre que subestima a los jóvenes. Me consuela el pensar que esa subestimación es un producto de la mediocridad, y que la gente salada no nos subestima, pero bueno, la intención de este post era solo desahogarme un poco.

"¡Las mujeres son los negros del mundo!"

Luis Perez Aguirre

¿Y si Dios fuese mujer Así rezaba un muro de la ciudad de Toronto, donde yo estudiaba teología en los años 60, mientras avanzaba por la principal avenida una manifestación de mujeres portando un "pasacalles" que decía God is She(Dios es ella). En esos mismos días, poco antes de ser asesinado -y en uno de sus discursos memorables que ya son tesoro de la humanidad-, Martin Luther King contaba uno de sus sueños a la multitud: Y had a dream... hermanos, Dios es negro!. Y la voz de otro asesinado, que hoy hubiese tenido exactamente cincuenta años, y que es patrimonio de todos, la de John Lennon, decía armoniosamente: “¡Las mujeres son los negros del mundo!".

Esta rebeldía no significaba el comienzo de una discriminación. Ella era y es inmemorial, antigua como la memoria de la humanidad que tenemos. Y porque está ligada a esos orígenes, ella nos parece natural, inevitable y para algunos, necesaria. Lo menos que podemos decir es que si Dios fuese mujer tendríamos que buscar su teología en otra religión que no fuese n occidental ni cristiana. La misoginia es compartida por todas las civilizaciones que llegan hasta nosotros. Podemos decir que en nuestra tradición judeo-cristiana, entre los versículos delGénesis subyace de manera oculta una suerte de tradición mesopotámica, la de Tiamat, la hembra informe, oscura y amenazadora, que fue furiosamente combatida por Marduck. Y a pesar del posterior monoteísmo invocado en la tradición, la figura de Marduck se "sobeimprimió" a la de Yahvé. Y Dios será varón.

También los antiguos mitos griegos narran la lucha entre dioses, cuando las poderosas deidades femeninas fueron paulatina e irremediablemente suplantadas por regímenes uranianos

y olímpicos cada vez más masculinos. Lleva plena razón Paula Landes al afirmar que Someterse a la guía de la religión tradicional es sujetarse a una especie de violación espiritual ; rechazarla es ser presa de una poderosa soledad “.

La mujer historia y la historia de sus derechos violados

Pero un primer acto de justicia es reconocer que si el hombre ha escrito la historia, la mujer es historia. En su hermoso libro El mundo de los Mayas, el antropólogo alemán vector Van

Hagen dice que "los hombres hacen la historia, pero las mujeres son la historia. Las mujeres mayas conocían muy bien que su calendario litúrgico estaba basado en su ciclo menstrual; su propio cuerpo era un verdadero calendario. Era la vida, era la historia"(11).

A pocos pasos de entrar en el tercer milenio no podemos menos que advertir que las relaciones milenarias entre los hombres y las mujeres comienzan a sacudirse. Nuestra época aporta dos

revoluciones constatables a simple vista. La primera tiene que ver con la reciente conquista del control de la fecundidad por el control químico (vía la píldora), que transfiere hacia la mujer poderes masculinos ancestrales al interior de la pareja. Y la segunda revolución se vincula al resquebrajamiento del patriarcado. Uno y otro acontecimientos ya están modificando sustancialmente el control del territorio que desde tiempo inmemorial se atribuyó a la autoridad masculina. Estas dos revoluciones van cambiando lenta pero sin pausa el paisaje social.

Es la globalidad de las relaciones hombre-mujer la que está en plena mutación. Desde el primitivo estadio de macho-hembra de los albores de la humanidad hace 35 mil años, hasta las incertidumbres de hoy.

En los comienzos de la democracia ateniense, la mujer ya ha perdido hace tiempo sus poderes. Y ello seguirá así durante dos mil años. Notemos de pasada que esta nueva explicación del patriarcado nos dice que él no representa más que un momento de la historia, limitado en el tiempo, y no la estructura familiar original, consecuencia de una especie de superioridad natural de un sexo sobre el otro, como dice todavía una famosa tesis de Claude Lévi-Strauss. Para él la mujer fue, desde el origen, un objeto de intercambio que permitía garantizar la paz entre los grupos. De ahí la prohibición del incesto, necesaria para alimentar ese "mercado". Y como consecuencia afirmaba que el varón es el pilar "natural" de la organización social.

En todo caso, el predominio del varón se ejerce a partir de la aparición del patriarcado hasta su época de oro. La separación entre lo masculino y lo femenino es total; se atribuye el nombre del padre a la familia; la autoridad está en el varón; la herencia es por vía masculina: el derecho y las costumbres consagran la superioridad masculina. Y esa superioridad sigue vigente aún con el advenimiento de la revolución francesa. Ella atacó un sistema que casó a la política con la teología. Arriba estaba el rey, padre de los súbditos, con autoridad venida de Dios. Abajo las familias dominadas por el varón. Esta construcción que se derrumba en la plaza de la Concorde donde se levantó la guillotina para tumbar el poder divino y el poder paternal junto con la cabeza del soberano y al mismo tiempo elevar la libertad y la igualdad. Pero en la práctica se olvidaron vergonzosamente de las mujeres.

La democracia representativa, que se instauró alrededor de los siglos XVII y XVIII negaba sistemáticamente el derecho al voto de las mujeres. Recién en 1893 Nueva Zelandia reconoce por primera vez en el mundo, ese derecho a las mujeres. A partir de ese acontecimiento, en otros países las mujeres se organizaron para luchar e ir logrando ese derecho. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945 sólo 51 Estados Miembros de las Naciones Unidas lo reconocían. En 1975 ya eran 124.

Tenemos que llegar hasta nuestros días para ver a nivel planetario un nuevo interés, aunque no traducido en la práctica de los pueblos, para promover los derechos y la dignidad de la mujer. Las Naciones Unidas empezaron a sensibilizar sobre la situación de la mujer, como lo estipula la Carta y la Declaración Universal de los derechos humanos. La mayor parte de ese trabajo incumbía a la Comisión para la condición de la mujer. Desde que fue creada en 1946 se ha dedicado con éxito a la redacción de principios formulados en proyectos de convención que luego fueron adoptados por la Asamblea General. Estos principios se aplican en los cuatro sectores más cruciales de la desigualdad y la discriminación, es decir: la educación, el empleo, el derecho civil y religioso y las instancias de decisión. Varios órganos del sistema de las NN.UU. han contribuido en la promoción de los derechos de la mujer.

La OIT y la UNESCO participaron activamente en Convenciones Internacionales contra la discriminación en el campo de la educación y el trabajo.

Fruto de todo este proceso fue la aprobación de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, aprobada por la Asamblea General el 18 de diciembre de 1979. Unos 100 Est ados Part es la han rat i f i cado. Si bien la aprobaci ón de est a Convención y su ratificación el 3 de diciembre de 1981 establece formas jurídicas obligatorias, muchas organizaciones feministas a través del mundo protestaron en estos años por la poca difusión y la escasa aplicación de la Convención. Incluso se ha constituido un proyecto de colaboración internacional llamado Vigilancia Activa de los Derechos Internacionales de la Mujer(IWRAW) para impulsar el cumplimiento de la Convención porque se comprueba que estamos aún lejos de que el derecho de la mujer sea aceptado. La desigualdad y la opresión que sufre la mujer sigue siendo de raigambre muy profunda y si gue comprometiendo a toda la humanidad y a todas las culturas existentes en el planeta. Tiene que ver con el funcionamiento general del sistema y con la organización patriarcal de la sociedad. La mujer "invisible" sigue siendo reproductora cotidiana, doméstica y generacional de la fuerza de trabajo y de su socialización. Este hecho permite la liberación de la mano de obra masculina para conducirla y explotarla en el aparato productivo.

Más aún, la ideología actual de la familia tiende a exclusivizar la índole erótica del afecto en el sentido de reforzar la estructuración posesiva típica del dominio patriarcal. Por ello la afectividad y la sexualidad se conforman en el seno de la familia patriarcal y tienden a reproducirla indefinidamente. El amor se vuelve entonces ideología patriarcal, intemalizado a los más profundos niveles y convertido en compulsión y mitos primordiales.

En brevísima síntesis, tenemos que el ideal de "amor" que todavía concebimos y que simboliza todos los anhelos y necesidades de la afectividad individual para conjurar el miedo a la muerte y a la soledad, es consecuencia y factor perpetuador de la familia nuclear-patriarcal, que a su vez perpetúa una sociedad basada en la explotación y la competencia desigual.

Ese poder masculino manifiesto tiene su contrapartida en un poder femenino invisible que invade, deforma y entrega al miedo a la afectividad. Y esto hace terrible su condición, de la misma manera que recíprocamente el horror de la condición masculina se encuentra no sólo en el hecho que resulta invisible y miserable para los varones, sino en que los obliga a oprimir a la mujer.

¿Qué clase de "femineidad" será entonces la que tenga que transformar en mentiras el reservarlo más entrañable de la vida que es la capacidad de amar y autoestimarse?. ¿Qué hacer ante una femineidad que incuba la debilidad no sólo como condición de realización sino también como autodefensa, como trampa, que implica "derechos" muy cuestionables tales como el monopolio de la exteriorización de la ternura y la licencia para utilizarla con fines nada amorosos que la manipulan para cobrar dividendos?.

Está claro que el patriarcado es la estructura social basada en la propiedad y posesión de la mujer, en la que ésta adquiere no derechos sino obligaciones concretas y funciones subordinadas al varón. Y está claro también que el capitalismo es una forma particular de organización social que ha heredado, haciéndolos suyos, todos los seudo-valores de la cultura patriarcal, a los que considera como perfectamente funcionales (para el varón).

La feminización de la pobreza

El resultado es que hemos llegado a la feminización de la pobreza. La mujer es el "sexo pobre". No es ninguna demagogia revelar cómo la pobreza afecta a la mujer y que entre los pobres la mayoría son mujeres. Revelar la pobreza de la mujer y la feminización de la pobreza como un fenómeno universal es esclarecer agudamente cómo el t ri unf o de l os sistemas de dominación (capitalistas neo-liberales) a nivel económico e ideológico crean y mantienen estructuras que perjudican primero a las mujeres y los niños. Recientes estudios de las NN. UU. revelan que a nivel mundial las mujeres:

•son el 52% de la población mundial

•siembran más de la mitad de los alimentos en el mundo

•representan el 35% de la fuerza de trabajo remunerado

•realizan el 60% de las horas trabajadas

•reciben solamente el 10% de los ingresos

•poseen sólo el 1% de la propiedad.

La feminización de la pobreza muestra que las mujeres han sido las marginadas entre los marginados. El "peón invisible'' como ha denominado a la mujer campesina la economista inglesa Ingrid Palmer. En América Latina es la mujer quien carga con el peso de la responsabilidad de asegurar que los hijos reciban de acuerdo a las necesidades básicas. Ella hace posible la supervivencia humana. La mujer gasta más energía que el hombre en la batalla por la supervivencia ya que su trabajo es de un promedio de 14 a 16 horas diarias cuando trabaja fuera del hogar para suplementar el sueldo del marido. Además realiza dos j ornadas di ari as, puesto que las tareas domésticas y el cuidado de los niños es obligatoriamente un "trabajo femenino" no remunerado. A esto hay que agregar también el mayor porcentaje de mujeres de la "Tercera Edad" como otro factor que muestra el aumento de mujeres pobres. El sistema capitalista viene entonces a reforzar el sexismo de las sociedades patriarcales que mantienen a las mujeres en situación de explotación y discriminación. Y otro factor de opresión se suma en forma de triángulo inquebrantable para la subordinación femenina: el racismo, la discriminación por raza, grupo étnico y nacionalidad. La mujer mestiza, negra, india, conoce todas las barreras discriminatorias.

Por mucho tiempo el acceso al conocimiento estuvo prácticamente vedado y prohibido para las mujeres. Las pocas que aprendían a leer sólo tenían acceso a los novenarios o vidas de santos y sus actividades se limitaban al bordado, la cocina y el cuidado de los hijos y la casa. Aún actualmente, de cada 100 mujeres, 84 son analfabetas en Africa, 57 en Asia, 27 en América Latina, 5 en Europa y URSS y 2 en América del Norte.

A esto hay que agregar que la cultura imperante es de hombres compulsivamente masculinos. Son las cualidades masculinas las que dominan nuestra política, ciencia, tecnología, cultura, etc. que de no poder ser compensadas en una verdadera reciprocidad con las cuali-dades femeninas, resultará en algo absolutamente letal para la humanidad.

¿Es posible imaginar una tecnología que dignifique lo femenino de la personalidad humana? ¿Una tecnología que trabaje a favor de la naturaleza y que no trate de dominarla? ¿O un sentido de la seguridad que no haya nacido de la dominación del mundo, sino de la confianza, de la amistad y del cariño?. Es imperioso que la mujer plantee como problema algo que está más allá de las posiciones puramente políticas, económicas y técnicas. Que plantee la urgencia de dignificar aquellos elementos de la personalidad humana que siempre han sido etiquetados y denigrados como "femeninos" y que luego han sido suprimidos.

Descartes con su Cogito ergo sum ("pienso, luego existo") influyó hasta hoy la identidad de la mente racional. Encerrados en nuestra mente, sostiene Capra, hemos olvidado cómo pensar con nuestros cuerpos, cómo servimos de ellos para llegar al conocimiento. Hemos separado la mente de la materia y así se llegó a la idea de un universo mecánico, integrado por objetos aislados.

Y esa mentalidad cartesiana de la naturaleza influyó en la manera de cómo abordamos la femineidad y el medio ambiente, entendidos como constituidos por partes separadas, sujetas a la

manipulación y explotación sin tener en cuenta su equilibrio y armonía. La explotación de la natural eza y de la muj er se reali zaron paralel amente, al amparo del sistema patriarcal que veía a ambos como seres pasivos, sometidos al hombre. La concepción newtoniana de la ciencia reforzó ese mecanismo de explotación de la naturaleza y manipulación conjunta de la mujer y el cosmos.

Es necesario desembocar en lo que Capra define como una "ecología profunda" (12), enraizada en una nueva percepción de la realidad, que va más allá de la estructura científica, que llegue a un nuevo conocimiento y sabiduría intuitiva de la realidad, de la unidad de la vida y de sus múltiples ciclos de cambio.

Así va emergiendo una nueva conciencia con la que la persona se siente vinculada a la totalidad del cosmos.

Esa nueva conciencia ecológica aparece como verdaderamente espiritual y entronca con las grandes manifestaciones místicas que pasan por Heráclito y San Francisco de Asís.

Lo femenino enjaulado y violado

Y el otro polo del problema, junto al de la justicia y los derechos igualitarios, es el de la identidad femenina. Es la posibilidad de salir de su confinamiento, de su universo "privado" marcado por el ritmo de la reproducción y aspirar a la condición de "ser humano" y "persona". La identidad femenina se funda en lo que constituye la experiencia de la mujer, en la especificidad de su psiquis y de su cuerpo sexuados en relación recíproca con el varón y la naturaleza.

El cuerpo de la mujer sigue representando un punto central de la cuestión femenina: el cuerpo con el que se identifica a la mujer en su diversidad natural respecto del varón y que pasa por una suerte de prisión natural y cultural. Ese cuerpo representa a los ojos de la mujer y del varón realidades tales como la de la maternidad, contracepción, aborto, sexualidad, lesbianismo, violación y estupro. Son problemas de un cuerpo enjaulado que no puede liberarse de su prisión y que impide a la mujer expresarse y ser reconocida como persona. Es la mujer objeto, producto para el lucro junto a los escaparates de la cosmética, el marketing, la trata de blancas y la prostitución.

Más allá de la diversidad natural del cuerpo de la mujer, y que la lucha por la liberación de la mujer pase por su cuerpo enjaulado, el acceso a ser persona pasa por la toma de conciencia de que el sólo haber sido creada para una función específica es, en la cultura patriarcal, sinónimo de inferioridad, de desigualdad y de dependencia. Se debe deslindar la identificación total entre

cuerpo femenino y función social de la mujer. La liberación debe atravesar el cuerpo femenino para llegar a proponer un nuevo concepto de él y una nueva imagen social que sea nacida de la ruptura con la identificación social patriarcal. Simone de Beauvoir decía en su célebre libro Le Deuxiéme Sexe que "la feminidad basada en factores anatómicos y biofisiológicos es mitología cristiana, romanticismo ingenuo o preconcepto social". Más allá de la parcialidad de esta afi rmaci ón, debemos reconocer su fundamento de verdad y concluir que lo que hace que la mujer sea tal no son factores accidentales, como sus órganos genitales, sino algo mucho más radical. La femineidad se constituye por un existencial de la realidad humana, pertenece a l a esencia histórica y permanente de lo humano, corresponde a un modo de ser en el mundo. En este sentido debemos decir que el nivel ontológico del sexo (más profundo y vasto que el genital) nos indica que la mujer es siempre un ser necesario para el hombre y viceversa. Es un tú personal necesario para la completa hominización. Podemos hablar entonces de una reciprocidad fundamental entre lo masculino y lo femenino. Están en una relación dialogal profunda y enriquecedora. Por eso toda mujer posee su carga de animus (masculinidad) y el hombre su dimensión de anima (femineidad) que a ambos invade en toda la dimensión de su realidad intracelular.

Entonces masculino no es sinónimo de varón, ya que hay masculinidad fuera del varón, o sea, en la mujer. Y femenino no es lo mismo que mujer, ya que hay femineidad en el varón.

Estamos aquí ante una observación de vital importancia porque de ella se deducen consecuencias esenciales para la relación entre el varón y la mujer. Lo menos que podemos hacer es advertir de aquí en más que la nefasta identificación masculino-varón y femenino-mujer ha traído consigo todas las discriminaciones arriba mencionadas y la distorsión actual en la comprensión de las relaciones de complementariedad entre el varón y la mujer. Aunque diferentes, lo masculino y lo femenino se interpenetran; cada ser humano es simultáneamente masculino y femenino en una densidad proporción propia de cada uno.

Si ser humano significa masculinidad y femineidad como modos diversos de ser en el mundo, no existe ninguna dependencia de inferioridad o de superioridad entre ambos. Tampoco se puede hablar de complementariedad como si uno de ellos estuviese incompleto. Lo que existe entre el varón y la mujer es reciprocidad. Y por esa reciprocidad y ese mirarse en el otro se llega a la plenitud masculina o femenina. Y cuanto más cada uno es el o ella misma, tanto más recíprocos podrán ser. Es en este intercambio vivencia de mutuo dar y recibir lo específico de uno y otro como maduran y van asumiendo sus propias características. La reciprocidad es algo mucho más vasto que las relaciones sexuales-genitales propias de la pareja. La reciprocidad sexual lleva en sí el respeto al aspecto ontológico de la sexualidad humana. Lo masculino y lo femenino se expresan en una dimensión mucho más amplia que la genital. El ejercicio de la genitalidad es sólo una de las formas en que se manifiesta la sexualidad humana.

Es obvio que percibimos la diferencia varón-mujer y ella puede ser objeto de análisis. Pero esta diferencia nos remitirá siempre a una unidad de fondo que es el ser humano que no se deja captar directamente sino a través de esas mismas diferencias. Es imperativo que la mujer cobre conciencia de su femineidad reprimida por el tutelaje masculino y decida aparecer como un "lugar diferenciado". La mujer no es un hombre parcial. Hasta hoy se la ha considerado como una desviación abstracta de la categoría universal de ser humano, que no es otra cosa que una proyección del varón. En cualquier caso, a la mujer se le ha definido siempre exclusivamente en función de su relación con los hombres y de allí fluyen todos los estereotipos femeninos. Para superarlos es necesario definir de nuevo lo femenino, no en términos de desviación o de negación de la norma masculina, sino como forma recíproca de respuesta a la vida, tanto la de la naturaleza como la del varón.

El paso de lo que podríamos definir con una truculencia del lenguaje como "hembra humana" a "mujer" no se debe entender como una sucesión cronológica, sino como una variación posible dentro de la realidad humana. La distinción entre "hembra" y "mujer" radica en que se nace hembra y se llega a ser mujer. El ser mujer pertenece al ámbito de l a hi stori a. No se nace mujer, sino que la mujer se hace ... (socioculturalmente). En este sentido el ser mujer pertenece no sólo al universo psico-físico, sino también al universo socio-cultural. Es conocido que los estudios de antropología cultural, al poner de manifiesto el carácter relativo de las formas culturales femeninas, han resaltado la condición histórica de la mujer. Lo mismo están haciendo los actuales estudios de crítica histórica y social sobre la condición femenina.

Se debe advertir que una concepción típica de nuestra cultura occidental contemporánea fragmentó la concepción de naturaleza con dualismos y dicotomías entre persona y naturaleza, entre hombre y mujer. Por el contrario, las cosmologías de nuestros ancestros hacían de la dualidad una unidad de complementos inseparables entre sí. La creación llevaba para ellos el signo de una unidad dialéctica, de diversidad dentro de un principio unificador. Y esa armonía dialéctica entre los principios masculino y femenino, entre naturaleza y persona, se transformaba en la base del pensamiento y la acción. Al no haber dualidad conceptual entre hombre y naturaleza y porque la naturaleza sustenta la vida, ésta había sido siempre tratada como integral e inviolable. Ese concepto era diario y regía la vida cotidiana.

La mujer ecológica y sus derechos

La explotación de la naturaleza se realiza desde antaño paralelamente m la explotación de la mujer. El sistema patriarcal ha amparado un r c cimiento de travestización de la naturaleza

benévola en pasividad, -.,entras que la visión de una naturaleza salvaje y peligrosa dio origen a la idea de que ésta debía ser controlada por el varón. Al mismo tiempo,en el mismo acto de travestización, se retrataba a la mujer como un ser pasi vo y somet i do al hombre. La ancest ral relación de la mujer y la naturaleza enlaza de este modo la historia de ambas y es el origen del actual parentesco natural del feminismo y la ecología que se vuelve cada día más esencial.

La ruptura que nuestra cultura ha hecho entre hombre y naturaleza, entre varón y mujer y su concepto de explotación de los recursos, es característica de resabios cartesianos, que han desplazado otras concepciones de la creación y crearon un paradigma de "desarrollo" que mutila simultáneamente a la naturaleza y a la mujer. Es así que una ontología dicotomisada del varón que domina a la mujery a la naturaleza genera un concepto equivocado de desarrollo que tiene incalculables consecuencias en la práctica. De hecho convierte al macho colonizador en agente y modelo del seudo-desarrollo actual.

La realidad vista desde "el reverso de la historia , desde la mujer pobre y el explotado nos muestra cómo las vías ecológicas de aproximarse a la naturaleza eran eminentemente participativas. La naturaleza misma era la fuente de vida a respetar y la mujer, como agricultora, cuidadora de selvas y bosques y administradora de los recursos hídricos era la científica natural. Su conocimiento doméstico era ecológico y plural. El símbolo de la Terra Mater, la tierra como la "Gran Madre", creadora y protectora de la vida, ha sido una experiencia compartida a través del tiempo y las culturas.

La mutación conceptual de Mater a "materia", aunque apareciera como un cambio progresista desde concepciones supersticiosas a otras más racionales, debe sin embargo ser considerado, desde una genuina concepción de la naturaleza y de la mujer, como un cambio regresivo y violento. Produjo la crisis ecológica y la muerte del principio femenino en el proceso diario de supervivencia y sustento. A la violación de la naturaleza se ligó la violación y marginalización de la mujer, productora y reproductora de vida, no sólo en su realidad biológica sino también en su papel social de proveer sustento y sentido. Este drama de violencia y explotación de los recursos limitados de la naturaleza exige que sea recuperado el principio femenino y se vuelva esencial para la liberación no sólo de la mujer y la naturaleza, sino también de la sociedad patriarcal que es esencialmente depredadora y retrógrada.

No es nueva esta advertencia ante las catástrofes ecológicas que esa sociedad patri arcal empieza a provocar en el Planeta. Sus empresas industriales contaminan agua y aire. Los desechos de su producción con afán de lucro matan los peces y los vegetales de los mares, enrarecen la atmósfera con gases tóxicos, perforan la capa protectora de Ozono, aniquilan a los productores naturales de oxígeno (como los bosques y las algas marinas...).

Un nuevo léxico de la vida cotidiana nos está advirtiendo sobre la conciencia emergente de un drama en curso: contaminación de las rapas freáticas, efecto de invernadero, residuos tóxicos, lluvias ácidas, destrucción del ozono estratosférico, mareas negras... Todos son términos que hace pocos años eran desconoci dos. Son producto de una naciente angustia planetaria. La extinción de los recursos para la vida no renovables, el aumento incesante de la contaminación ambiental, nos va conduciendo inexorablemente a un colapso ecológico de magnitud incalculable que puede culminar en una venganza cósmica capaz de germinar la especie humana de la superficie del planeta llamado narra.

La militancia por los derechos de la mujer y del pobre jamás podrá -enunciar, si no quiere auto-invalidarse, a luchar por la integridad de la - •ada de la creación. Deberá militar contra las heridas mortales que se r rimen a la mujer a la tierra, su biosfera, su atmósfera y sus aguas.

El varón y la mujer no sólo deberán luchar en contra de las aberraciones ecológicas que ponen en peligro la vida de los humanos. Tendrán también que luchar por salvaguardar y elevar la calidad de vida de los mismos. Esa lucha debe ser entendida como la autorealización plena del ser humano que despliega sus posibilidades en cuanto ser social inmerso en el cosmos. Aunque no es una realidad medible cuantitativamente, existe un sistema equilibrado de indicadores que va más allá del mero desarrollo económico. Este, considerado aisladamente de los otros aspectos vitales, ha llevado a que el Planeta sea cada vez menos habitable.


(10) Citado por Elizabeth Badinter en L'un est l'autre, Edit. Odile Jacob, Paris 1986 "

(11) Citado por Julia Esquivel en Peace Spirituality in the Third World Searching for a Spirituality for

peacemakers, Pax Christi International, Antwer

pen, 1988, p. 58.

(12) CAPRA, Fritjof, The turning point, Simon&Shuster, New York, 1982.