miércoles, marzo 08, 2006

En el "día de la mujer"

En el "día de la mujer", el más paradójico de los días comerciales (intentar poner a la mujer como una minoría a la que hay que darle un día para recordarlas), un artículo de Perico Aguirre sobre la condición femenina. La foto me pareció acorde a la temática, la saqué en Mar del Plata (Nov 2005).




LA CONDICIÓN FEMENINA


MI PASAPORTE

Habiendo decidido viajar al universo femenino, como toda persona
que prepara a conciencia su itinerario y sabe que se enfrentará a
toda suerte de imprevistos, peligros y dificultades, busqué delimitar
en el mapa los puntos de referencia que me parecieron de mayor
interés en el momento de partir. Más allá de las sorpresas y los
inevitables escollos que depara todo viaje, al tiempo que le dan ese
sabor de aventura, antes de embarcarme establecí jerarquías de
intereses y fijé sus coordenadas a partir de una referencia central.

Confieso que no me fue fácil. Pensé que ese referente podía ser el
alma de la mujer y llamar a esta aventura: Viaje al alma femenina.
Pero eso de alma no respondía plenamente al centro de mi periplo.
Podría enredarnos en la clásica dicotomía de cuerpo y alma, podría
parecer que damos prioridad a lo abstracto, desencarnado e
intemporal. Pensé, entonces, que quizás se podría titular La Venus
rota o encadenada, porque Venus ha sido desde lo inmemorial el
referente de lo femenino al llamarse así la Diosa romana del amor,
de la belleza y el erotismo, que tuvo según la leyenda un hijo con
Vulcano: Cupido. Fue amante de Marte y se enamoró de Adonis, el
bello joven con quien convivió. Además, al hacerla aparecer “rota”
en mi mapa o título, podría significar todas las desgracias a las que
ha sido y es sometida. Pero tampoco me dejaba conforme esta opción
por quedar encerrada en una cultura unidimensional. Lo femenino
va mucho más allá del amor y la belleza expresados en la diosa
Venus.

Y así estuve mucho tiempo dando vueltas y buscando ese referente
central. Finalmente pensé que la agenda prevista para la Conferencia
Internacional sobre la Mujer –Beijing, China, setiembre 1995–, me
permitía viajar entre sus diversos tópicos como si fuesen
diferentes islotes de una misma realidad: la condición femenina hoy.
Así terminé organizando la reflexión como si fuese un viaje por un
enorme archipiélago, visitando esos tan diversos tópicos, con sus
paisajes, sus coloridos diversos, sus misterios, sus grandezas y miserias.

Pero pretender viajar desde mi ser de varón al universo femenino
significa una aventura que entraña peligros de todo tipo. Desde partir
sin estar pertrechado con el equipaje y los documentos de identidad
imprescindibles, hasta pensar que efectivamente he desembarcado
en la realidad de lo femenino cuando no era más que un espejismo
en el desierto del patriarcado.

Es que ser varón en la sociedad que hoy me acuna equivale a
encontrarme, al margen de mi propia voluntad, en una posición
detentadora de poder ante la mujer. Lo que aparece normando lo
normal es la masculinidad y ello la convierte en fuente de opresión
porque quiere hacer creer que ella estuvo simplemente allí, como
algo dado. Lo curioso es que en la medida en que los hombres vivimos
la versión dominante de la masculinidad permanecemos atrapados
en estructuras que fijan y limitan ese concepto opresor y alienante
de masculinidad no sólo de la mujer sino del varón mismo. El
macho juega su papel histórico y sólo cabe la esperanza de que sea
rescatado un día de esa hipermasculinidad hegemónica. El rescate,
estoy convencido, sólo podrá venir, al menos inicialmente, de la mujer.

No tengo otras credenciales para reflexionar sobre lo femenino
que las que tendría para hacerlo sobre cualquier aspecto del ser
humano, el ser negro, o asiático, rico o pobre. Porque sin ser mujer,
ni negro ni asiático, soy humano. Allí comulgo con lo que de humano
hay en cada uno de esos continentes.

Pero respecto de lo femenino creo que puedo incluir alguna credencial
más. Me refiero a aquello que decía Jean Paul Sartre: “Yo he
estado siempre rodeado de mujeres: mi madre, mi abuela, eran quienes
se ocupaban de mí en los primeros años. Después, como estudiante
y profesor, estuve rodeado de adolescentes. De manera que
el de las mujeres era un poco mi medio natural y siempre he pensado
que había en mí como una especie de mujer”.

De todos modos soy consciente que nunca me será fácil encarar
la realidad de la mujer. Las relaciones entre ambos necesariamente
reflejarán algo de la óptica particular de la cultura patriarcal y machista
en la que estoy inmerso y los conflictos que la misma introduce
fatalmente en esa relación. Es evidente que accedo a lo real –a
lo femenino– con unos ojos (o anteojos) que no están esterilizados ni
son neutros. Mi visión siempre es heredera de mi cultura y de mi
pasado. Además está impregnada de juicios previos (de prejuicios)
que condicionan mi acceso a lo nuevo, a lo desconocido. Conocer
una realidad será siempre interpretar en contra o a favor de esos
conocimientos o prejuicios. Advierto que mi viaje al alma femenina
nunca será con ojos desnudos, sino dentro de mi estructura previa,
y siempre será aproximativo.

Fue Sartre también quien nos previno que siempre, al principio,
las relaciones entre el hombre y la mujer se toman como algo dado,
que el vínculo aparece como natural y que en realidad no apreciamos
verdaderamente el problema tal cual se presenta. “Esto me
hace pensar –decía el autor de Los caminos de la libertad– en aquello
que acontecía en la democracia griega donde la esclavitud no era
percibida. Me parece que en los siglos futuros, se verá con igual
asombro la manera como las mujeres son tratadas hoy en nuestra
sociedad, asemejándose a la forma como vemos ahora al fenómeno
de la esclavitud en la sociedad griega.”

Oriana Fallaci aludía a esta invisibilidad del problema diciendo:
“como cualquiera que no recuerda tener orejas porque cada mañana
se las encuentra en su sitio, y únicamente cuando padece otitis
advierte su existencia, se me ocurrió que los problemas fundamentales
del hombre nacen de cuestiones económicas, raciales, sociales;
pero los problemas fundamentales de la mujer nacen también y
muy especialmente de esto: el hecho de ser mujer”.

Cuando Simone de Beauvoir acuñó la expresión de que la mujer
se vuelve mujer bajo la mirada del varón en realidad también estaba
afirmando, en su circularidad dialéctica, que también el varón se
vuelve varón bajo la mirada de la mujer. Apostemos a que cada uno
se descubre a sí mismo gracias al otro, en plena reciprocidad. Entonces
no cabe decir que el ser humano tiene sexo, sino que es un
ser sexuado, y que el varón y la mujer sólo existen realmente en su
alteridad. Considerarlos por separado es volver inaccesible su comprensión
y su realidad.

Legitimo mi viaje al universo femenino en la apuesta de que “primero
es el encuentro, y este encuentro no es el de dos conciencias
neutras y desencarnadas, ni el de dos temperamentos, ni el de dos
cuerpos, ni el de dos espíritus, sino el de un varón con una mujer,
un encuentro humano que se realiza en una historia y en una cultura,
favorecido a su vez por la historia y la cultura necesarias a su
aparición”.1

Pienso que es sincero reconocer que no sabemos, en función del
aporte de las ciencias, qué es ser varón o mujer, y “esta ignorancia
no tiene nada que ver con la pereza mental, ya que se ha recorrido
de hecho toda la trayectoria científica; es más bien el testimonio de
que nuestro acceso a lo real mediante el instrumental científico no
logra descifrar todo lo real; hace un corte en lo real, lo elabora como
conocimiento, dejando abierto lo real sin ceñirlo dentro del conocimiento,
como misterio que está siempre más allá de otros accesos
cognoscitivos. Lo que sabemos termina siempre en algo que ignoramos,
capaz de ser interrogado, continuamente abierto. El varón y la
mujer no se agotan en la ciencia que tenemos de ellos; continúan
siendo una pregunta... (Además) masculino no es sinónimo de varón,
ya que puede haber masculinidad fuera del varón, o sea, en la
mujer. Y femenino no es lo mismo que mujer, ya que puede haber
femineidad en el varón (...) La identificación masculino-varón y femenino-
mujer ha traído consigo numerosas discriminaciones y una
comprensión de las relaciones y de la complementaridad varón-mujer
en un sentido exterior, objetivamente y casi cosista”.

Lo femenino no será una entidad en sí misma, sino una dimensión
de lo humano, su alma. Pedro Caba afirmaba algo más radical
aun, que hay sexos (masculino/femenino) en el alma, antes que los
haya en el cuerpo. Es que a la sexualidad no le conviene tanto el
verbo tener como el verbo ser. Más que tener sexo, somos y nos
sentimos sexuados, el sexo no es algo que la persona tiene, sino que
simplemente es.

Tanto la femineidad como la virilidad están presentes en cada
ser humano. Existe un halo femenino en todo ser masculino, como
una presencia, una virtualidad viril en la mujer. Esto se aprecia en
las investigaciones psicológicas de Jung. Tan es así que la persona
puede decirse plenamente humana, como varón o mujer, en la medida
en que haya llegado a armonizar en su interior esos dos componentes.
“Hoy podemos decir, sin temor a equivocarnos, que entre
el varón y la mujer no hay diferencia de calidad sino de estructura.
Esta diferencia estructural es psicofísica pero tiene la característica
que en lugar de hacer del varón y de la mujer realidades separadas,
encerradas en sí mismas, proyecta a ambos en una abertura y mutua
acogida, una mutua interrogación y respuesta. El varón lleva en
sí ese arquetipo y componente femenino innato que desde Jung se
llama anima; la mujer, por su lado, lleva el componente masculino
que se llama animus. Esos dos arquetipos se invocan mutuamente
en un anhelo de unión íntima y profunda (...) Cada uno (varón o
mujer) es al mismo tiempo, aunque sobre articulaciones diferentes,
masculino y femenino. El varón no es la mujer pero tiene una dimensión
femenina; la mujer no es el varón pero, asimismo, tiene
una dimensión masculina en su alma. En el diálogo, en la acepta10
ción e integración de estas dos dimensiones mencionadas dentro de
cada uno, la persona humana crece y madura.”

Aclarado esto, antes de comenzar el viaje, nunca está demás aludir
a Freud cuando dijo –citando a Frazer– que su obra jamás podría
considerarse culminada. Picasso indicaba algo parecido refiriéndose
a su pintura: “Un cuadro jamás podrá está terminado. ¿Está
terminado acaso el canto de un pájaro?”. Lo que digamos aquí debe
ser considerado sólo como un inconcluso viaje que pretende ir visitando
o hacer escalas en una multiplicidad de realidades femeninas
aún no del todo bien exploradas. Algunas aparecerán a los ojos del
viajero como asombrosas, otras decididamente aberrantes, las más
exigiendo un “visado” para entrar. Haremos escalas en esas realidades
como si fueran las de un mapa. Algunas escalas serán en “países”
relativamente importantes o grandes como un continente, otras
serán en pequeñas “islas”. No pocas serán en realidades equivalentes
a los países modernos e industrializados en el mapa y otras
serán escalas en realidades que equivalen a países insignificantes,
muy pobres y de culturas muy diferentes a la nuestra.

Nos introduciremos en cada escala con los ojos del viajero que
quiere aprender, que anota en su carné de ruta todo aquello que le
merece un recuerdo, un asombro, una reflexión. Anotaciones quizás
pasajeras y apuradas, pero siempre significativas para uno. Finalmente
el lector se encontrará con eso, un simple carné de ruta
con observaciones que reflejan una visión particular, la de un viajero
que quiso visitar y ser sensible al mundo actual de lo femenino.
Como todo carné de viaje, será provisorio, con reflexiones y anotaciones
más o menos pertinentes, más o menos perecederas. En todo
caso, siempre invitando a ser verificadas en nuevas visitas a esos
mismos lugares. Eso sí, con la convicción de quien, terminado el
viaje, ya no pudo quedar igual a como era y se sentía cuando se
dispuso a partir.

Escala en

LOS DERECHOS DE LAS HUMANAS

Si dejamos atrás el territorio de la violencia y el miedo en nuestro
viaje hacia el corazón de lo femenino y sus derechos, tendremos que
hacer un enorme recorrido y llegar prácticamente hasta nuestros
días para descubrir un nuevo interés, aunque no traducido todavía
efectivamente en la práctica de los pueblos, por promover la dignidad
y los derechos de las mujeres. Las Naciones Unidas empezaron
desde su fundación a sensibilizar y advertir a sus Estados miembros
sobre la inadmisible situación de inferioridad de la mujer, cosa
que contradecía de manera flagrante la Carta y la Declaración Universal
de los Derechos Humanos.

La mayor parte de esa tarea recayó sobre la Comisión para la
condición de la mujer establecida a tales efectos. Desde que fue creada
en 1946 se dedicó a la formulación de principios, que luego fueron
redactados en forma de proyectos de Convenciones y que finalmente
fueron adoptados por la Asamblea General. Estos principios se
aplican en los cuatro sectores más cruciales de la desigualdad y la
discriminación de las mujeres: la educación, el empleo, el derecho
civil y religioso y las instancias de decisión. Ello hizo que varios
órganos del sistema de las Naciones Unidas hayan contribuido de
manera indudable en la promoción de los derechos de la mujer. En
el campo de la educación y el trabajo, la OIT y la UNESCO participaron
activamente en Convenciones Internacionales contra la discriminación.

Fruto de todo este proceso fue la aprobación de la Convención
sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la
mujer, aprobada por la Asamblea General el 18 de diciembre de 1979.
Más de cien Estados miembros de la ONU la han ratificado con fecha
8 de noviembre de 1981. Si es evidente que la aprobación de esta
Convención y su ratificación establecen formas jurídicas obligatorias,
también es claro que estamos aún lejos de que el derecho de
las mujeres sea aceptado en la enorme mayoría de los Estados tal
como lo estipula dicha Convención.

La desigualdad y la opresión que sufren las mujeres en todas
partes sigue siendo de raigambre muy profunda y siguen comprometiendo
a toda la humanidad y prácticamente a casi todas las
culturas existentes en el planeta. Esto tiene que ver con el funcionamiento
general del sistema y con la organización patriarcal de la
sociedad. La mujer sigue siendo “invisible” reproductora cotidiana,
doméstica y generacional de la mayor fuerza de trabajo en el mundo
y de su socialización. Este hecho permite la mayor liberación de la
mano de obra masculina para conducir y explotar a la mujer en el
aparato productivo mundial.

Cabe entonces preguntarse por qué, con qué fundamento, las
desigualdades entre los derechos de los varones y de las mujeres
han sido defendidas y justificadas a lo largo de la historia. Parecería
que no hay duda que esto se hizo apelando a las diferencias siempre
entendidas como “naturales” entre los sexos. No es difícil rastrear
en la historia el argumento “naturalista” que justificó todo tipo de
discriminaciones. La capacidad de parir de la mujer ha sido
culturalmente interpretada como la función “natural” por excelencia
de la mujer, lo definitor io de lo femenino. Esa concepción luego
se extendió al papel social de “ama de casa”. El argumento ha sido
suficientemente fuerte y permanente como para tener a las mujeres
esclavizadas a su biología en la abrumadora mayoría de las culturas.
Porque son capaces de parir y amamantar, las mujeres fueron
confinadas al ámbito doméstico, privado, volcadas a los trabajos
del hogar, al cuidado infantil y sometidas a los varones.

La casa familiar terminó por constituirse en el lugar de trabajo
“natural” de las mujeres, donde ellas hacen gratis y de manera “invisible”
para el sistema económico y social, la casi totalidad del trabajo
de atención y cuidado humano de los hijos y del compañero
varón. También el cuidado de los ancianos, los enfermos, los inválidos
y los minusválidos pertenece a la esfera doméstica, o sea, es
responsabilidad prioritaria de las mujeres. Por más que se sostenga
que las mujeres tienen los mismos derechos que los varones, que
no son admisibles las discriminaciones de sexo, esta división del
trabajo fatalmente ubica “naturalmente” a las mujeres en el ámbito
doméstico y privado, forzándolas a la doble jornada y haciéndolas
responsables de la familia y teniendo que aceptar la discriminación
como algo “natural”.

La actual estructura de la institución matrimonial en la mayoría
de las culturas atenta contra la igualdad y la no discriminación de
la mujer. Ella no puede pretender ser una ciudadana activa, con
plenos derechos y poderes, mientras siga siendo una esposa sometida
a las tareas “naturales” y domésticas no compartidas por su
compañero.

Ante esta situación se vuelve imperioso transformar el concepto
de derechos humanos desde una perspectiva de género, de manera
que considere realmente las vidas de las mujeres. A este respecto, la
coalición de mujeres Gabriela de Filipinas, lanzó en 1990 una campaña
con esta preocupación, y declaró de manera ingeniosa que:
“¡Los derechos de las Mujeres son derechos Humanos!” Según explicaba
Ninotchka Rosca, los miembros de la coalición consideraron
que “los derechos humanos no pueden ser reducidos a un asunto
de proceso legal y de derecho. En el caso de las mujeres, los derechos
humanos son afectados por la percepción tradicional de la sociedad
en su conjunto, de lo que es propio o no es propio para las
mujeres”.

El eslogan de la campaña a primera vista puede parecer ridículo
y redundante, pero tiene la sutileza de confrontar al mismo tiempo
dos falacias del discurso internacional en derechos humanos: 1.
que no todos los derechos de la mujer están reconocidos como derechos
humanos y 2. como consecuencia, no todas las violaciones de
los derechos humanos están reconocidas como tales.

Si en el sistema de Naciones Unidas hablamos de derechos humanos
universales, esa universalidad debería implicar que los derechos,
necesidades y perspectivas de las mujeres están fundamentalmente
integrados y que esos derechos se aplican igualmente a
cualquier persona, sin importar su sexo, etnia, cultura, raza o religión.
Pero desgraciadamente en realidad no es así. Y ello aparece
claro cuando seguimos pensando que los derechos o necesidades
de las mujeres son algo para ser “agregado” al resto de los derechos
“humanos” (de los varones, claro).

Como primera evidencia de esto tenemos la historia. Por el hecho
de nacer, decía la Declaración de los Derechos de Virginia en 1776,
todas las personas tienen Derechos Humanos. Lo mismo se afirmaba
en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
de 1789. Pero lo curioso es que ninguno de esos documentos incluía
a las mujeres, cuestión que quedó bien evidenciada con la
ejecución en la guillotina el 7 de noviembre de 1793 de Olimpia de
Gouges, quien con su testimonio de vida y una obra teatral clave, al
redactar la Declaración Francesa de los Derechos de la Mujer y la
Ciudadana, fue relegada a la ignominia del patíbulo y el oprobio por
el delito de haber “olvidado las virtudes de su sexo para mezclarse
en los asuntos de la República”, como afirmó el procurador
Chaumette al anunciar contra ella la pena de muerte por petición
de Robespierre.

No cabe duda que hasta hoy día a escala mundial las mujeres,
por el mero hecho de serlo, sufren diariamente las consecuencias
de la discriminación a su rol femenino y son puestas en un estatus
inferior al del varón. Ello se produce por una combinación de elementos
sociales y culturales que incluye prácticas discriminatorias
sistemáticas apoyadas en leyes y normas sociales que les son adversas
a las mujeres, sistemas religiosos y políticas económicas que
las dejan en situaciones de desvalorización. Por supuesto que ello
no se impone y mantiene así sin violencia. Para lograr esta situación
a las mujeres se les somete con violencia inaudita que forma
parte de su cotidianidad. Se les pega, se les viola, se abusa de ellas
moral y sexualmente, se les mutila. Pero como esas violaciones a
sus derechos humanos son generalmente perpetrados en un ámbito
doméstico y familiar, no son percibidas como violaciones a los
Derechos Humanos.

Para salir al paso de esta dramática situación se llegó a la aprobación
de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de
discriminación contra la mujer, que es una suerte de Declaración de
los Derechos Humanos de las Mujeres. Allí, en su artículo 1º, se
afirma que “toda distinción, exclusión o restricción basada en el
sexo, que tenga por objeto o por resultado menoscabar o anular el
reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente
de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la
mujer, de los Derechos Humanos y las libertades fundamentales en
las esferas política, económica, social, cultural, civil o en cualquier
otra esfera”, implica la violación a los Derechos Humanos de las
mujeres.

Se tuvo que llegar a esta Convención porque las mujeres en la
abrumadora mayoría de los casos no son sometidas a discriminación
y abuso en cuanto seres humanos sino en función precisamente
de su sexo. Ese abuso en función del sexo ha sido siempre algo
invisible a los sistemas jurídicos y a ello no escaparon las
formulaciones de derechos humanos por más que las mismas hayan
llegado a ser una de las pocas visiones éticas aceptadas
internacionalmente. No por casualidad Eleanor Roosevelt y muchas
otras mujeres lucharon por la inclusión del sexo en la Declaración
Universal y por su aprobación, pidiendo que en ella se trataran los
problemas de la subordinación femenina. Ellas sabían que el sexismo
mata diariamente a muchas mujeres y que el ser mujer implica un
verdadero riesgo de vida en innúmeras ocasiones.

La subordinación de la mujer está tan arraigada en la conciencia
colectiva que todavía se le considera como algo “natural” o inevitable.
Por eso, la batalla por los derechos humanos de las mujeres
actualmente se está librando en un territorio físico, en el mismo
cuerpo de las mujeres. En este sentido la Convención establece una
verdadera agenda de derechos humanos para la mujer que podría
significar, de ser puesta en práctica y respetada, un paso adelante
significativo. Pero para quienes nos movemos en estos ámbitos dicha
Convención todavía no ha tenido el “mordiente” necesario para
significar un verdadero avance. Basta ver la dificultad que enfrenta
el Comité para la eliminación de la discriminación en contra de la
mujer para lograr que los Estados miembros la traten como un documento
explícitamente referido a los derechos de la mujer y no a
los derechos humanos en general.

Superar este cuello de botella implicaría transformar el concepto
que todos tenemos de derechos humanos y para eso deberíamos
adoptar, varones y mujeres, una perspectiva de género femenino.
Ello nos permitiría descubrir cómo se relacionan los derechos de la
mujer con los derechos humanos en general. Nos mostraría cómo el
concepto de derechos humanos puede ser adaptado o modificado
para que responda mejor al problema de la mujer.

Si cuando decimos derechos humanos, nos preguntásemos qué
es lo primero que imaginamos, seguramente coincidiríamos en que
imaginamos ciertas violaciones a ciertas libertades políticas como
las de reunión y expresión, a las torturas y a las desapariciones
forzadas. Más dificultad tendríamos en imaginar como violación a
los derechos humanos el acoso sexual de que son víctimas las mujeres
de todas las edades y culturas, razas y clases sociales, o el no
ser contempladas en sus derechos reproductivos, o ser degradadas
a “objeto sexual” en los medios masivos de comunicación por la
deshumanización de su imagen femenina para el interés de los varones.
No relacionamos esos hechos con una violación a los derechos
humanos porque en realidad sólo se ejercen contra mujeres (y
sus derechos).

Ya dijimos que quien se beneficia y se refuerza con la objetivación,
explotación y apropiación del cuerpo femenino es el patriarcado (el
varón como modelo prototípico de lo humano). “Es por ello que el
Derecho de los Derechos Humanos, a pesar de estar concebido y
enfocado desde la perspectiva masculina únicamente, es percibido
como ‘universal’, ‘válido para todos’ o ‘neutral en términos de género’.
La victimización de la mujer en su larga subordinación al hombre
no es concebida como una victimización de un ser humano,
porque ‘ser humano’ es sinónimo de ‘hombre’ que a su vez es sinónimo
de ‘varón’.”

Lo que sucede es que mientras en teoría todos tenemos claro que
los Derechos Humanos son inherentes al ser humano, los derechos
de las mujeres se nos aparecen como otro tipo o clase de derechos,
de una categoría diferente a los contemplados en la Declaración
Universal. Entonces urge, para superar esta situación intolerable,
dar una perspectiva de género a los Derechos Humanos. No se trata
de “agregar” a los ya establecidos una nueva lista de derechos relativos
a la mujer, sino de intentar reconceptualizar la actual teoría y
práctica de los Derechos Humanos desde una perspectiva de género
femenino, que cuestione la actual, porque tiene como parámetro y
paradigma a lo masculino.

La nueva visión no debería plantear lo opuesto, lo femenino como
patrón, sino una visión que desde las mujeres no aparezca como
única, sino que sirva para hacer visible lo actualmente invisible, la
experiencia femenina. Así se lograría una visión más integral del
género humano. Y todos ganaremos porque habremos redefinido lo
“humano” de una manera nueva y mucho más justa. Lograríamos
finalmente entender una igualdad de género en la diferencia. El
paradigma ya no sería ni el varón ni la mujer, sino todos los seres
humanos.

“La visión de género no se reduce a incluir la perspectiva de sólo
un sector de mujeres, o sólo una clase de mujeres, sino que implica
la inclusión de la visión de todos los seres humanos. En ello consiste
la gran diferencia entre un concepto androcéntrico de los Derechos
Humanos y un concepto con perspectiva de género de los Derechos
Humanos. A lo largo de la Historia, diferentes razas y clases
de hombres se han proclamado el paradigma de lo humano y han
tratado de imponer su visión y sus necesidades al resto. (...)Concebimos
la igualdad como el respeto y reconocimiento de las diferencias,
no como la posibilidad de ser iguales a... ‘el paradigma de lo
humano’.”

En realidad no habría motivo teóricamente para concebir los derechos
humanos de la mujer como una especie nueva de derechos
humanos. La Carta de las Naciones Unidas tiene, como uno de los
propósitos básicos de la Organización, el desarrollo y estímulo del
“(...)respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales
de todos sin hacer distinción por motivos de (...)sexo” (Artículo
1,3). También la Declaración Universal de Derechos Humanos garantiza
el derecho de toda persona a no ser discriminada entre otros
motivos, en razón del sexo y estas garantías fueron posteriormente
reiteradas específicamente en forma de Tratados. El Pacto Internacional
de Derechos Civiles y Políticos señala de manera expresa:
“Todas las personas son iguales ante la ley y tienen derecho sin
discriminación a igual protección de la ley. A este respecto, la ley
prohibirá toda discriminación y garantizará a todas las personas
protección igual y efectiva contra cualquier discriminación por motivos
de (...)sexo” (Artículo 26).

Pero la realidad no siempre coincide con la teoría, y la doctrina
de los Derechos Humanos, como cualquier realidad que implica a la
vida humana, no es fácil de objetivar. El concepto de Derechos Humanos
no nace de una teoría o de una necesidad “objetiva”, exterior
a la experiencia concreta de los hombres de carne y hueso, inmersos
en una determinada cultura, con sus teorías, valores, ideologías,
historia, etcétera. Esos seres humanos, como no podría ser de otra
manera, tienen sexo, raza, preferencia sexual, e inevitablemente
abordan la realidad desde ellos. Por eso decimos, y la historia nos
da la razón, que no existen derechos objetivos a priori. Todos nacen
a favor de sutiles favores de grupo y privilegian ciertos enfoques que
no siempre hacen justicia a la realidad.

De acuerdo con la actual doctrina internacional de derechos
humanos, los derechos reproductivos, los derechos de las mujeres
de tomar decisiones acerca de su comportamiento reproductivo, están
estrechamente relacionados con unas condiciones que generalmente
no se atienden desde la óptica del varón. Porque esas condiciones
se vinculan primariamente con el cuerpo de la mujer y su comportamiento.
Los métodos y servicios de planificación familiar deben
ser de fácil acceso y disponibilidad. Implican instrumentar una verdadera
educación de las mujeres para que tomen sus decisiones a
conciencia y articular una buena calidad en la información,
adecuando los programas a los valores culturales regionales, a la
idiosincrasia de cada mujer, a sus condiciones de vida familiares,
tanto económicas como laborales. Es un derecho exigible también
el buen trato por parte de los prestadores de esos servicios.

El tema de los derechos reproductivos afecta y refleja siempre
muy complejas interacciones de la situación de cada mujer y de las
relaciones de poder entre ambos sexos, el contexto social, religioso
y político. “La capacidad de las mujeres de aprovechar la información
y los servicios de regulación de la fecundidad se ve afectada, en
gran medida, por las actitudes de ‘su’ hombre hacia la planificación
familiar. Uno de los textos más importantes, diríamos clave, para el
propósito de eliminar la discriminación contra la mujer y para asegurar
su derecho humano a planificar, es el artículo 16 de la Convención
que dice: Los Estados partes adoptarán todas las medidas
adecuadas para eliminar la discriminación contra la mujer en todos
los asuntos relacionados con el matrimonio y las relaciones familiares,
y en particular, asegurarán, en condiciones de igualdad entre
hombres y mujeres: ...los mismos derechos a decidir libre y responsablemente
el número de sus hijos y el intervalo entre los nacimientos
y a tener acceso a la información, la educación y los medios que
les permitan ejercer estos derechos.”

Aunque esta afirmación parezca obvia, cabe recordarla porque
en la gran mayoría de las culturas actuales el hombre sigue creyendo
que por el sólo hecho de estar unido o casado con una mujer, la
sexualidad de ella le pertenece, es una especie de prolongación suya,
de propiedad privada. Entonces no pocas veces las mujeres que
pretenden tomar alguna decisión sobre sus derechos reproductivos
son sometidas a humillaciones, al terror o a actos violentos por parte
de sus parejas. No son infrecuentes los casos que aparecen en las
clínicas de planificación familiar “como el de la mujer que nos dice
que le pongamos el DIU para que su marido no sepa que está planificando,
o la que ‘escoge’ la esterilización para no tener más preocupaciones,
y resolver el problema de una vez por todas”.

No puede extrañar que los Derechos Humanos se hayan encuadrado
siempre en una visión androcéntrica, a partir de la visión de
la realidad que tiene el varón. No es de extrañar entonces que la
normativa elaborada alrededor de las declaraciones peque también
de un sustento filosófico andrógino. Lo que han pensado las mujeres,
cuando no lo hicieron a través de la mente de los varones, pocas
veces fue tenido en cuenta a pesar de que su realidad de mujer
fuera esencial en la vida del planeta.

Las mujeres que trabajan en el tema de los derechos humanos
hoy procuran que la perspectiva de género esté incluida en una
reelaboración de la Declaración Universal de manera que contribuya
al mejoramiento no sólo de la situación de las mujeres sino de la
sociedad en su conjunto. “Creemos que esta propuesta de reconstruir
la existente Declaración de 1948 es más cercana a la idea de
trabajar sobre la reconceptualización global de los derechos humanos.
Deseamos, sin embargo, resaltar que esta posición no debilita
nuestro reconocimiento de otras múltiples iniciativas, que anteriormente
permitieron visibilizar la problemática femenina”, expresa la
introducción del documento “Propuesta para una Declaración Uni
versal de los Derechos Humanos desde una perspectiva de Género”
elaborado por el Comité Latinoamericano y del Caribe para la Defensa
de los Derechos de las Mujeres (CLADEM), a ser presentado a
la Conferencia Mundial de Beijing.

Entre los derechos desde la perspectiva de género, que no están
enfatizados en la Declaración Universal, incluyen entre otros por
ejemplo: el derecho al libre desarrollo y disfrute de su propia sexualidad,
a la propia identidad y a la autodeterminación sexual y emocional.
Se afirma que todas las personas tienen derecho a su orientación
sexual, que incluye la decisión o no de tomar un compañero
o compañera emocional y/o sexual que pertenezca al mismo o diferente
sexo. Se afirma también que todas las mujeres y hombres
tienen derecho y plena potestad para decidir con autonomía sobre
sus funciones reproductivas, que deben ser garantizadas. Tales derechos
incluyen, pero no restringen, el acceso a los servicios de
salud, maternidad y paternidad libre y voluntaria, planificación familiar,
vida libre de violencia en el ejercicio de la sexualidad y, en
especial, del embarazo, etcétera. Nadie deberá ser sometido a ninguna
forma de violencia, intimidación, amenaza, acoso o agresión
sexual, violación, incesto, maltrato físico o psicológico, prostitución,
tortura física o psicológica, etcétera. Todo trabajo de las mujeres
debe ser reconocido materialmente por la sociedad, incluyendo principalmente
aquellos resultantes de la maternidad y la familia. Toda
discriminación en razón de sexo en el mercado laboral formal o informal,
en las actividades estacionales, así como en el trabajo voluntario
debe ser eliminada... Toda persona tiene derecho a una educación no
sexista, que tenga por objetivos el pleno y completo desarrollo del ser
humano con una conciencia científica, crítica y humanista que desarrolle
la personalidad y el sentido de la dignidad.

En este intento de reformulación de los derechos humanos contemplando
la situación y desde la óptica de la mujer podemos apreciar
cuán segregadas han sido en las decisiones históricas de la
humanidad. La mujer es historia, pero no se le ha permitido conocer
su historia ni interpretarla. Siempre las mujeres estuvieron privadas
hasta del derecho a conocer cuáles fueron los aportes de sus
ancestras. Lo que han pensado y dicho los varones sobre las mujeres
en la historia más vale no mentarlo aquí. Atrás dejaremos tranquilo
a Aristóteles con su Historia de los animales afirmando que el
hombre es superior a la mujer porque es más completo y perfecto:
“la naturaleza sólo hace mujeres cuando no puede hacer hombres”.
Y atrás quedará también Confucio afirmando que “el marido tiene
derecho a matar a su mujer. Cuando una mujer queda viuda debe
cometer suicidio como prueba de su castidad”. No hay duda que el
desarrollo del pensamiento histórico es androcéntrico y el discurso
sobre los Derechos Humanos está envuelto en ese pensamiento.

No será extraño entonces que “si el contenido que cada época le
da a los derechos humanos está relacionado con el desarrollo histórico
del pensamiento masculino, que no humano, lo que vamos a
entender por violación a los derechos humanos es, en parte, lo que
a través de la historia se nos ha dicho es una violación a esos derechos
humanos. (...)El sólo hecho de que existan organismos especializados
para tratar la condición de la mujer es un indicio de que
los derechos humanos no están pensados desde una concepción del
ser humano, sino desde una concepción del hombre/varón”.

Nacer mujer es todavía hoy nacer violada en al menos dos derechos
humanos fundamentales: el derecho a la igualdad y el derecho
a la libertad respecto del varón. Ellos usan del cuerpo y los afectos
de la mujer como propiedad mientras nadie los nombra en el terreno
de los derechos humanos. Esos afectos y la capacidad de entrega
emocional hace muy vulnerable a las mujeres al dolor, a la manipulación,
a la violencia (generalmente por proteger a los hijos), al temor
por los seres queridos.

Terminamos esta escala del viaje asombrados de que en este sentido
en la Declaración Universal de los Derechos Humanos no se
mencionen ni defiendan los “derechos afectivos y emotivos” de los
seres humanos, quizás porque ella fue elaborada por varones. Parecería
que el concepto de “persona”, presente en dicha Declaración,
no incluye la necesidad del derecho al afecto y del respeto a los
mismos. Habrá que seguir luchado para cambiar la óptica y el accionar
de las organizaciones de Derechos Humanos, especialmente
las que operan dentro del sistema de las Naciones Unidas. Habrá
que integrar a los Derechos Humanos una perspectiva de género
que incluya siempre a la mujer y que desde el arranque tenga presente
que la mujer es diferente del varón, tan diferente como lo es el
varón de la mujer.


PUERTO DE LLEGADA

Se estila terminar unas apuradas anotaciones en el carné de
viaje como éstas hablando de la esperanza. La de volver un día a
reconocer los lugares visitados, la de poder reencontrar los rincones
y las cosas cambiadas y renovadas en un futuro próximo. La esperanza
siempre alude a profundo compromiso con la vida, el polvo en
los pies del camino recorrido nos susurra que ahora le corresponde
el turno a la mujer intentar realizar aquello en que los varones hemos
fracasado porque llevamos este planeta hasta el borde del abismo
arrastrando en esa inútil pasión a millones de vidas femeninas.
A ellas les toca asumir ahora el rol de la esperanza, construir en la
ternura, transformar sin olvidar los sentimientos.

Terminamos reconociendo con humildad que desde los albores
de nuestra conciencia nos estuvieron educando y contando fábulas
y fantasías acerca de la mujer y del alma femenina. Ella dormía un
largo sueño hasta que llegaba un varón, un príncipe, muy buen
mozo y valiente, que la descubría con su halo de hermosura y que
tocándola con su varita mágica hacía que ella empezara a vivir...
para el varón. “Y se casaban y eran felices y comían perdices”... Pero
resulta que este viaje se termina, que ya nunca podrá reiterarse
porque la mujer está despertando de otra manera y ha empezado a
preguntarse muchas cosas. Y en el mismo acto de preguntarse esa
historia ya no podrá ser la misma. Por eso rescato las preguntas de
una mujer adolescente, María Ucedo, mientras cursaba 5º Año en el
Instituto Manuel Dorrego de Buenos Aires hace apenas unos años:

¿Qué pasa si un día
a Caperucita se la come el lobo
y a la Cenicienta no le entra el zapatito
y a Blancanieves la envenenan con una manzana
y no se despierta más...?
¿Qué pasa si se acaban los cuentos de hadas
y nos empiezan a contar
que acá no existen ni capas
ni coronas de oro
ni tronos
ni abuelas con pastelitos
ni varitas mágicas
ni caperucitas con flores,
y que los vestidos de seda son para tres o cuatro
y los zapatitos de cristal también?
Y nos empiezan a contar
–o mejor dicho–
nos damos cuenta de que sí
que el lobo existe
y que es verdad que tiene una boca bastante grande
o lo suficiente
como para comernos
y que también es verdad que el lobo
usa zapatitos de cristal y vestidos de seda.